• Colegio Victoria Díez

Relato ganador

EN LA HABITACIÓN DE AL LADO


Una noche más, se despertó en la oscuridad de su habitación, eran las tres de la madrugada, estaba envuelto en sudor y lleno de pánico. Por un momento dudó si había dejado atrás aquella pesadilla, entonces, encendió la luz, tomó un poco de agua y se recompuso.


Mario Hernández era un exitoso arquitecto de cuarenta y cinco años, había dedicado gran parte de su vida a viajar por el mundo dedicándose a su pasión, sin embargo, sus días en la corte parecían pertenecer a otra vida. Seis años atrás, su mujer Carolina había sido diagnosticada de ELA, una enfermedad neurodegenerativa que lentamente fue deteriorándola hasta el punto de dejarla paralizada casi de cuerpo entero.


Hace exactamente una semana Carolina perdió toda voluntad de vida y pidió a su marido que le ayudara a morir con dignidad para así poder poner fin a su sufrimiento.


- Ayúdame a morir.

- ¿Qué dices? ¿Estás loca?

- Ayúdame. No quiero vivir así. No tienes derecho a obligarme a vivir así.

- No lo entiendes. Yo no puedo hacerlo. No me pidas que te mate, no puedo. - Mario...

- No y no se hable más. Si continúas así te dejaré aquí sola, ¿me oyes?


Carolina no volvió a decirle nada más, pero él veía como su sufrimiento era cada día mayor y como las lágrimas nunca se retiraban de sus ojos. Había perdido el apetito, no dormía y se pasaba las noches llorando.


¿Qué debía hacer? Por una parte, practicaría la eutanasia, que no era del todo legal, pero por otra estaría cumpliendo con el deseo de su esposa. Lo pensó durante varios días. Carolina cada vez sufría más, no tenía sentido alargar aquella agonía. Él estaba totalmente a favor de la eutanasia, pero no quería ser el brazo ejecutor, probablemente, su conciencia iba a darle mucho la lata en ese sentido. A Mario le resultaba imposible acabar con la vida de su mujer y tras debatirlo durante días no estaba de ninguna manera más cerca de decidirse que el primero.


Mientras recordaba todos los momentos vividos con su esposa, Mario no pudo evitar caer en la cuenta de que Carolina ya no era la misma mujer que entonces. Su corazón seguía latiendo, pero ella ya no estaba viva. Esa llama se había extinguido por completo.

Finalmente, en un momento de claridad absoluta, supo lo que tenía que hacer.


Se convenció a sí mismo de que estaba dándole a su mujer un poco de control sobre su propia vida, un control que le había sido arrebatado años atrás con el diagnóstico de aquella brutal enfermedad.


Mario pensó que lo mejor era no despertarla para decirle adiós porque si se permitía hablar con ella una vez más, temía no ser lo suficientemente valiente como para dejarla ir. Una vida sin Carolina era imposible de imaginar ni si quiera en la más oscura de sus pesadillas.


Se despidió en un susurro con un simple ̈Hasta siempre ̈ e inyectó cincuenta mililitros de morfina en el delicado brazo de su esposa. En un momento, el proyector que dibujaba los latidos de su corazón pasó a ilustrar una brillante línea recta.


Su amor por Carolina era tan grande que hizo hasta lo inimaginable por paliar su sufrimiento. Mario nunca iba a dejar de quererla, ¿por qué iba a hacerlo? Sólo estaba fuera de sus ojos, no de su mente. Ella solo estaba en la habitación de al lado. Lo que eran el uno para el otro, lo seguirán siendo para siempre. La distancia no era un problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver y sin escuchar.


Carolina por fin pudo sentirse en calma, estaba convencida de que había hecho lo que se debía hacer. Se sentía libre y en paz. Se sentía cómoda, a gusto consigo misma y feliz, con una felicidad que hacía muchos años que no experimentaba, tantos que se había olvidado.


Algunos quieren detener el tiempo esperando a que algún día, un ángel les susurre estrellas al oído, otros en cambio, desean la sedación, el sueño sin dolor.


Esther Martínez Hinojosa

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